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3/09/2010

Historia de un lápiz (¿Podemos mover el mundo?)

Milton Friedman, premio nobel de Economía en el año 1976, devolvió el dinero (las teorías monetaristas) al lugar que Keynes les había robado y su influencia ha sido de tal calado que se le conoce como el padre del nuevo liberalismo.




Solo un genio como Friedman podría explicar este tema de una forma tan magistral. La mano invisible, el orden del mercado dentro del enorme caos que existe detrás del mismo. Lo sencillo que es ir al "súper" a comprar y el trabajo que existe detrás de cada producto comprado. La sencilla complejidad del capitalismo, al fin y al cabo.

Sin embargo, y aunque le reconozco su valor, no está entre mis economistas favoritos. Es complicado creer en muchas de sus teorías cuando has comprobado experimentalmente que el mercado por sí solo no funciona tan bien sobre el mundo como sobre el papel. Por ejemplo, uno de los muchos problemas que podemos encontrarnos (excluidos los monopolios) es que a veces no se incluyen en el precio algunos tipos de costes (en economía se llama a ésto externalidades). Por ejemplo, para tratar de evitar una plaga de ratones utilizamos pesticidas. En el precio de los pesticidas se olvida un coste fundamental: el daño que se hace a la población de halcones, que al comer el ratón envenenado se envenena también. El capitalismo debe tener algunos límites.

Otra cosa es decidir hasta qué punto debe el Estado entrar a ayudar...

Pero no quiero entrar hoy en esta polémica (tristemente robada por algunos políticos que no saben interpretarla), así que volviendo a lo que dice el vídeo, si seguimos tirando del hilo, llegaremos a una conclusión fundamental: cada vez que hacemos una compra, estamos emitiendo un voto. Estamos votando por el producto que hemos comprado. Y estamos votando por toda la cadena que ha llevado al producto hasta ser como es cuando decidimos adquirirlo. Es decir, para los que hayan estudiado economía (y para los que no, también): estamos votando por el qué y por el cómo. Votamos qué se debe producir (al contrario que los países comunistas o totalitarios, en el que el estado decide qué se produce) y votamos cómo se debe producir (en los países totalitarios es el estado el que decide también ese cómo).

Esta es una votación que hacemos cada día, a veces en varias ocasiones y en la que escogemos el mundo en el que queremos vivir. Como consumidores tenemos por tanto una enorme responsabilidad (tan poco valorada a la hora de tomar la decisión) cuando compramos. De hecho, como consumidores tenemos una responsabilidad mayor cuando consumimos que cuando votamos en las urnas. De nada sirve votar cada cuatro años a la democracia si luego preferimos comprar café de un país no democrático o que no respeta los derechos de sus trabajadores.

En el sistema de mercado los consumidores tenemos muchísimo más poder del que pensamos.

Pero si seguimos caminando sobre el tema, ésto va a más: del mismo modo, al adquirir una empresa (una acción) como inversores, estamos votando por el qué y por lo tanto aumentando su precio, pero además estamos votando por el cómo. Estamos votando que nos gusta la forma de producir beneficios de esa empresa (y de nuevo a veces de manera algo irresponsable).

Cuando invertimos siempre pensamos en el PER, en la Rentabilidad por dividendo, en el ROE, en criterios técnicos... ¿pero tenemos en cuenta si la empresa trata bien a los empleados? ¿tomamos en consideración cómo trata el medio ambiente? Quizá ésto sea más importante que conocer en qué sector está la empresa (muchos analistas técnicos opinan que no es necesario saber ni a qué se dedica la empresa).

Es muy satisfactorio (quizá incluso el objetivo) cuando especulamos y ganamos dinero en unos minutos. Pero ¿sería tan satisfactorio si supiéramos que ese beneficio lo hemos hecho con una empresa que utiliza esclavos en sus fábricas?

Quizá el objetivo de la empresa sea maximizar el beneficio, pero estoy seguro que nuestro objetivo personal no es ese. Como humanos vamos mucho más allá. Quizá movidos por la codicia también, pero a veces nos mueve la codicia de triunfar, de tener poder, de crecer personalmente... no solo la de forrarnos por forrarnos.

También es cierto que son muchas las variables que el inversor debe tener en cuenta como para tomar en consideración una más... En ese sentido disponemos como alternativa de los Fondos de Inversión Éticos. Este tipo de fondos trata de buscar en el mercado empresas que además de generar valor, cubran una serie de requisitos éticos: buen gobierno, conciliación de vida personal y laboral, ecología, etc. Si tenemos un asesor para nuestras inversiones, ¿por qué no exigirle que se preocupe por la moralidad de las cosas en las que invierte?

Del mismo modo existen productos algo más agresivos (normalmente hedge funds) que entran en el capital de las compañías y las fuerzan a ser éticas, actuando en este caso como un lobby. Son algo más complicados de encontrar, pero también son interesantes.

Muchas veces nos sentimos impotentes y nos preguntamos qué podemos hacer nosotros, que somos unos pardillos, ante todo el mundo... Pues podemos hacer pequeñas cosas.

Son solo las pequeñas cosas de mucha gente las que al final terminan moviendo el mundo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno, ójala todos los inversores lo tuviéramos en cuenta, el mundo marcharía muy bien.

Pilar dijo...

"Son solo las pequeñas cosas de mucha gente las que al final terminan moviendo el mundo"

No podria estar mas de acuerdo, Enhorabuena por el articulo, me hago socia de este blog.

julian diddle dijo...

Muy notable articulo. Uno no para a pensar en estas cosas...

Tomás V García-Purriños García dijo...

Muchísimas gracias por vuestros comentarios. Efectivamente no nos damos cuenta del enorme poder que tenemos.

Anónimo dijo...

Me parece muy bueno y además nos hace reflexionar un poco sobre la forma en la que la mayoría de las empresas llegan a enriquecerse.

Paco dijo...

Muy bueno! Esta claro que a la hora de invertir o consumir, tenemos que hacerlo responsablemente, nunca se sabe en que manos puede acabar nuestro dinero.

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