10/08/2010

Vuelta de Egipto


Estoy recién llegado a Madrid después de pasar dos semanas de vacaciones por Egipto.
Con este post no pretendo que se me interprete mal, no podría haberlo pasado mejor, ha sido una experiencia que deseaba desde niño y ha sido inolvidable. Una especie de mezcla entre aventura de Indiana Jones, viaje de Herodoto y relax en el Caribe. No obstante algunas partes de mi experiencia necesitaba compartirlas, puesto que por el lado económico me he llevado una desagradable sorpresa. Tampoco pretendo recomendar que no visitéis el país. Todo lo contrario, Egipto es un must de cualquier viajero.

Yo no me considero una persona que haya visto mucho mundo (siempre queda tanto por ver), pero he visitado algunos países. Muchos de ellos dan la sensación, supuestamente, de pobreza. Una sensación que luego no es real cuando estás en el lugar.
Por poner un ejemplo, hace unos meses tuve la oportunidad de conocer Tailandia, en plena revolución social. Mi estancia allí coincidió, por desgracia, con uno de los episodios más sangrientos de la última protesta. Sin embargo, tras ver en vivo el deseo de la gente de prosperar, las ganas y la ilusión con la que afrontan cada día, hubiera recomendado sin duda algún fondo de inversión que invirtiera en la zona. Al final PIB, PNB, renta per cápita, tasa de paro, etc, no son más que cifras más o menos representativas de lo que está ocurriendo, no de lo que va a pasar. Algo parecido ocurrió en Croacia tras la guerra: las ganas de trabajar y de salir adelante de la gente es lo que hizo que el país avanzara cien años en menos de una década. Y aún sigue.
Egipto, no obstante, me ha sorprendido muy negativamente en este sentido. Desde fuera, parece un país que está a la cabeza de África, más “occidentalizado” y moderno. En el que quizá haya pobreza, pero no cómo la imaginamos en otros lugares. Sin embargo esto no es así y Egipto es el lugar donde por primera vez en mi vida he visto más que pobreza: he visto miseria.
Evidentemente no solo no es posible exigir “occidentalismo”, si se me permite la expresión, en este país ni en ninguno cuya cultura no sea occidental sino que además seria de necios hacerlo. Cada lugar debe evolucionar según su cultura puesto que olvidar el pasado es negar la esencia del pueblo, que es quien termina marcando finalmente el camino al futuro. Y no solo lo occidental es bueno, es sencillamente lo que conocemos.
La economía egipcia, pese a disponer de importantes yacimientos de petróleo y de gas natural, se mueve principalmente por el turismo. Pero un turismo de usar y tirar (lo que se conoce como compradores “buy and fly”). No hay más que dar un paseo por el destartalado museo egipcio, o visitar uno de los templos mejores conservados, el de Habu, invadido por las palomas, que lo están destrozando sin que nadie ponga solución. Sobre todo es patente en el comercio, basta dar una vuelta por el zoco de Edfu, o por el famoso Khan al khalili. En cada puesto tratan de venderte productos de una calidad lamentable, a precio europeo, tratando de que compres y te largues. Y si no vuelves, da igual, ya vendrá otro turista. Los hoteles, de cinco estrellas “lujo”, no llegan al nivel de un hostal de carretera de dos estrellas en España, ni en higiene ni en servicio. La franja del mar rojo con mayor riqueza en corales, que es la zona de Hurghada, es un horrible macrocomplejo de 20 km de costa ocupada por resorts y playas privadas, donde flota aceitoso el combustible de los barcos sobre uno de los mares con los colores más bonitos del mundo. La antigua Tebas (ahora Luxor) está muy lejos de su famoso esplendor. El lugar de la tierra con mayor cantidad de maravillas por metro cuadrado (templo de karnak, luxor, avenida de esfinges, templo de habu, rameseum, valle de los reyes, reinas y nobles, colosos de Nemmón, templo de hatsheput, templo de seti…) es una ciudad horrible, prácticamente en ruinas como si hubiera recién salido de una guerra. El maltrato al Nilo es habitual: El río del que dependen desde hace siglos es un enorme basurero líquido. Sé que tampoco España es un ejemplo de todo esto (cuidado de monumentos, percepción de la contaminación o de la riqueza de nuestras playas).
Los continuos “cambios de humor” de los gobernantes han llevado al país a pasar del comunismo al capitalismo como el que cambia de pantalones durante los últimos 50 años, por lo que la dirección de la política económica es nula. Y si existe, no tiene ninguna seguridad de que mañana siga igual. La democracia es solo de boca: todo el mundo puede decir lo que quiera, pero las cosas no cambian, al puro estilo de una “dictablanda”. El estado de excepción se mantiene desde que el último presidente llego al poder en los 80. El fundamentalismo religioso crece y empieza a cobrar una importancia significativa (ocupan más o menos la quinta parte de asientos en el congreso).
Uno de los estupendos guías que nos ayudaron en el viaje nos comentaba, al preguntarle si se notaban los efectos de la crisis en el turismo, que “aquí llevamos toda la vida en crisis”.
La tasa de analfabetismo entre las mujeres es superior al 50% y a pesar de que el trato a los mismas no lo podemos considerar fundamentalista, puesto que optan tanto a los estudios como al trabajo en condiciones semejantes a los hombres (por lo menos legalmente) las reglas sociales respecto a las mismas les impiden en muchos casos formar parte de la masa laboral. Por ejemplo, una mujer egipcia debe volver a la casa de su familia a dormir por las noches, lo que les impide en muchos casos trabajar en hoteles o en zonas como Hurghada, lejos de las grandes ciudades.
Las diferencias sociales son enormes, la clase media es inexistente. En cualquier caso, el enorme paro es quizá el mayor problema de Egipto, no solo porque es complicado conseguir trabajo, sino porque por el sueldo que se paga a veces no compensa trabajar. Si en España hablamos de una generación perdida, los egipcios ya están perdiendo la segunda. Los jóvenes piden un cambio. Les da igual cómo sea, solo piden un cambio porque piensan que las cosas difícilmente podrían ir a peor. Y ese cambio está cerca, puesto que la edad y salud del actual presidente lo hacen presentir.
Y es en ese cambio donde está la esperanza. En ese cambio y en la gente. Dejando a un lado la pequeña minoría de pesados que te persiguen por los bazares y quitando los extremistas que siguen siendo pocos, el pueblo egipcio es maravilloso. Educados, sencillos, amables, simpáticos, te ofrecen sin pestañear lo poco que tienen. Si dejas a un lado la apariencia que pueden dar de caóticos o gritones, la gente está deseando acogerte y ayudarte. Siempre dispuestos a invitarte a un té o a enseñarte algo que se te ha pasado, a comentarte su cultura, sus costumbres, su idioma. Es un pueblo apaleado, pero orgulloso. Pasear por el Cairo, por cualquier zona, es más seguro que Madrid. En todo momento te sientes protegido y sabes que puedes contar con cualquiera sin ningún miedo para que te guíe si te has perdido.
Al final, es la intrahistoria la que mueve el destino de los pueblos y en ese sentido Egipto es un gigante haciendo reposo de una enfermedad. Cuando la rehabilitación acabe, será un país a tener en cuenta, puesto que ya lo es en descanso.
Y, sin duda, deseo que esto ocurra, puesto que el pueblo, por simpatía y por historia, desde luego se lo merece.
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