8/31/2011

La Esperanza. Psicología y emociones en el trading IV

Último artículo de la serie sobre Psicología del Trading: La esperanza.


PSICOLOGÍA Y EMOCIONES EN EL TRADING (IV) LA ESPERANZA. 
por Tomás V. García-Purriños García Analista de Cortal Consors 

Junto con la fe y la caridad, en la tradición cristiana, la esperanza es una de las tres virtudes teologales. Sin embargo, en los mercados financieros, sólo existe una esperanza: la matemática. La esperanza entendida como cualquier otra definición, lleva inevitablemente al desastre económico. En el trading, la esperanza es como la veía Nietzsche: el peor de los males, porque prolonga el sufrimiento del hombre.

La esperanza es un sentimiento de que las cosas irán mejor en el futuro, o se desarrollarán de acuerdo a lo que esperamos. Cuando hablamos de trading, la esperanza funciona como una máquina del tiempo para los operadores: convierte las inversiones de corto plazo en inversiones de largo plazo. Un ejemplo de lo anterior es el de aquella persona que, tras ver el gráfico intradiario y comprobar una señal técnica, compra unas acciones de un banco, por ejemplo, para tratar de venderlas unas horas después. Sin embargo, las acciones comienzan a caer justo después de comprarlas. El operador, esperanzado, se dice a sí mismo, bueno, esperaré al cierre y las venderé entonces. Pero al cierre, las acciones continúan bajando. No pasa nada, piensa el inversor, el movimiento que espero se desarrollará durante la semana. Pero esa semana, la acción continúa en su contra. Entonces piensa, bueno, si es que el trading es una lotería. En realidad, es un buen banco, con buenos dividendos, me lo quedaré durante unos meses. Pero esos meses, la acción sigue en su contra. Bueno, se dice si total la bolsa a largo plazo siempre sube, me las quedo para mis nietos. Así, la esperanza ha hecho que la mente del trader viaje en el tiempo, desde el plazo de unas horas hasta el largo plazo, bloqueando un dinero y evitando que aprovechase otras oportunidades.

Sin embargo, fuera de los mercados financieros, la esperanza es esencial. Sin esperanza, la mayoría de las cosas no tendrían sentido: la esperanza es necesaria para la felicidad. En un conocido experimento, algo cruel, por otro lado, que el científico R. Bilz, realizó con ratas de campo, se arrojaba a uno de estos animales a un recipiente lleno de agua con paredes lisas que le impidieran escapar. En estas condiciones, las ratas fallecían en unos 15 minutos a causa del stress al no existir salida a su situación. Sin embargo, si al cabo de unos minutos, se le facilitaba a la rata una tablilla por donde pudiera escapar, cuando al animal se le volvía a introducir en el recipiente era capaz de nadar durante más de 80 horas seguidas (con la esperanza de que volviera la tablilla). La conclusión de este trabajo, conocido como “el experimento de la esperanza”, es que la esperanza nos da fuerzas desde lo más profundo, más de lo podemos imaginar. La necesitamos para sobrevivir.

En este mismo sentido, un trader necesita una esperanza matemática positiva para sobrevivir. Nunca se puede estar completamente seguro de que nuestra estrategia en los mercados es correcta. Pero ello no impide que podamos estar siempre seguros del riesgo que corremos, y operar en base al mismo. Conociendo nuestra pérdida máxima, podemos buscar un sistema en el que las operaciones ganadoras, aunque puedan ser incluso menos numerosas, superen las pérdidas de las operaciones perdedoras. Esto es un sistema con esperanza matemática positiva. Esa esperanza es vital para las cuentas de los traders. La esperanza, definida de cualquier otra manera, es un sentimiento negativo, que nos llevará inevitablemente a la ruina.

De este modo, el trader que opere en el corto plazo debe operar siempre con un stop de pérdidas. Ese stop será el punto en el que pierde la esperanza. Y debe tener una estrategia de salida en beneficios. Cuando ésta se cumpla, la esperanza debe marcharse y se realizará la ganancia. Así, uno puede soñar todo lo que quiera en que el mercado irá en su dirección, pero cuando el mercado le quita la razón o cuando se la da, de ninguna manera un operador puede seguir confiando.

Por ello, es psicológicamente más sencillo revisar un análisis en una posición ganadora que una perdedora. Cuando analizamos de nuevo la posición perdedora, las emociones van en contra nuestra y perdemos objetividad, intentando ver lo que queremos ver y no lo que es.

Así, el mayor problema de la esperanza es que, si la posición en el mercado se mueve al contrario de lo que nuestro análisis dice, corremos el enorme riesgo de entrar en un estado muy propicio para caer en trampas mentales. Si a este estado añadimos esperanza, aumenta sensiblemente el peligro de ser víctimas de algún error mental. La esperanza consigue que ni emociones ni razón nos ayuden en la toma de una decisión correcta.

Entre las trampas más comunes especialmente favorecidas por el estado de esperanza podemos encontrar la búsqueda de orden.

Imaginemos el siguiente juego: nos van a dar el resultado de lanzar cuatro monedas no sesgadas. Nos enseñarán diferentes resultados, pero sólo uno es el real, los demás son inventados por una persona. Nos proponen averiguar cuál es el dato real. El primer resultado que nos muestran es ++++. No nos convence: no parece muy casual que salgan cuatro cruces seguidas. Pedimos el siguiente. Es cccc. Por la misma razón lo desechamos. El siguiente es ++cc, que tampoco parece muy casual, así como su gemelo cc++. Se ordenan de manera demasiado correcta. Las siguientes secuencias son c++c, +cc+ y c+c+, +c+c, también muy regulares. En las dos primeras demasiada simetría. En las dos segundas demasiada alternancia. Nos proponen +ccc, luego c+++, +++c y ccc+. Pero seguimos viendo orden. Primero una cara o una cruz suelta y luego tres repetidas. No parecen resultados casuales. Después c+cc,cc+c,+c++,++c+. Pensándolo bien, incluso estas secuencias tienen un orden: o sólo hay una cara o sólo una cruz. Sigue sin parecer casual. No nos decidimos y sin embargo se nos han presentado todos los resultados posibles del lanzamiento de cuatro monedas. Con este sencillo experimento, inteligentemente ideado por M. Motterlini, podemos explicar con facilidad una de las trampas más peligrosas (por común) en la que solemos caer: la búsqueda de orden.

Lincoln fue elegido presidente de EEUU en 1860, su asesino nació en 1839 y su sucesor en la presidencia se llamaba Johnson. Kennedy fue elegido en 1960. Su asesino nació en 1939 y su sucesor en la presidencia también se llamaba Johnson. El Johnson de Lincoln nació en 1809. El de Kennedy en 1908. Las tendencias y las casualidades, en estadística, son comunes y ocurren con cierta frecuencia. En el caso de la falacia del jugador, ¿si han salido 7 rojos en la ruleta seguidos, cuál es la probabilidad de que el resultado sea rojo en la siguiente tirada? La mayoría de la gente cree que la probabilidad es inferior, cuando en realidad es la misma.

¿Existe acaso una secuencia numérica en algún libro sagrado que nos diga el sentido de la vida, el universo y todo lo demás (aunque los que hayamos leído “la guía del autoestopista galáctico” sabemos que la respuesta a esa pregunta es 42)? La verdad es que no creo que exista, pero estoy seguro de que si nos ponemos a buscarla con suficiente intensidad, la podríamos encontrar incluso en un libro de cocina de Karlos Arguiñano.

El ser humano está abrumado por la enorme cantidad de datos que recibe continuamente y necesita buscar un orden en ellos. Porque el orden es sencillo, ayuda a reducir el gasto de recursos, es menos costoso. El orden es simple. Sin embargo, por su culpa tenemos una fuerte tendencia a caer en lecturas “místicas” de la realidad.

Esta trampa del orden se relaciona con otra muy interesante: la trampa de la correlación. Todos sabemos que existe una correlación entre fumar y el cáncer de pulmón, pero ¿sabíais que existe también una fuerte correlación entre los grandes consumidores de café y el cáncer de pulmón? ¿Influía en algo que el pulpo Paul escogiera entre una u otra caja de mejillones en los partidos de fútbol? Si hacemos un estudio encontraremos una fuerte correlación entre lo que diga el pulpo y lo que luego ocurría efectivamente en el campo. Sin embargo, correlación no significa, de ninguna manera, causalidad. Puede haber relación de causa-efecto y correlación, o no. Una alta correlación sin causalidad puede deberse a la intervención de una tercera variable en la que no habíamos caído: por ejemplo en el caso del café y el cáncer de pulmón el hecho de que muchos grandes fumadores son también grandes consumidores de café. También puede deberse al efecto de pequeños números. Si el pulpo Paul hubiera analizado un millón de partidos, acertaría en torno al 50% de ellos. Por ello es importante no sacar conclusiones precipitadas, como por ejemplo “los consumidores de heroína normalmente han consumido antes marihuana, así que la mayoría de consumidores de marihuana terminarán en la heroína”.

Creamos correlaciones falsas y planteamos nuestra vida en base a ellas (como por ejemplo, “cuando llevo mis pantalones mágicos gana mi equipo”) organizando nuestra forma de actuar de acuerdo a la historia del pavo inductista de B. Russell. Esto no es malo, es útil y eficaz. Pero el problema es que después no hacemos caso de las correlaciones que existen de verdad. No pondré como ejemplo el tabaco (seguimos fumando aunque sabemos que moriremos por ello) porque al fin y al cabo es una droga y tiene una psicología diferente, pero sí podemos poner como ejemplo los que lanzan el cigarrillo por la autovía (conociendo el alto riesgo de incendio) o lo que hablan por el móvil en el coche (sabiendo que existe un alto riesgo de accidente).

En los mercados ocurre lo mismo. Buscamos correlaciones imposibles, fundamentadas en datos ordenados de forma equivocada o en opiniones claramente equivocadas, pero después ignoramos evidentes de entrada y de salida en el mercado o signos claros de cambio de tendencia.

En otro orden de cosas, la esperanza puede también conducirnos a una creencia errónea en la suerte y quizá pensar en dejar las cosas a su merced. El hecho es que el hombre, desde que es hombre, cree que la suerte existe. De este modo, asocia objetos, situaciones, rituales y hechos fortuitos a la percepción de una mayor o menor suerte. Por ejemplo, el amarillo significa mala suerte, las herraduras buena, romper un espejo mala, tocar con la cabeza una estatua buena…

Pero matemáticamente la suerte no existe. Las matemáticas no entienden de suerte sino de probabilidades. Si invertimos en un valor al azar, la probabilidad de ganar o perder no estará en función de nuestra suerte, sino de una probabilidad que estará condicionada por la suma de un enorme número de factores, muchos de ellos (a veces todos) fuera del alcance de cualquier predicción.

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior, desde un punto de vista humano, la suerte sí que existe. Vaya que si existe. Que te toque o no la lotería podrá ser un hecho aleatorio, pero al que le toca, que le pregunten si tiene o no buena suerte. Por ello, psicólogos como por ejemplo Freud, pensaban que la suerte dependía exclusivamente de la actitud de la persona ante sucesos aleatorios.

Pero será el psicólogo especializado en “rarología”, R. Wiseman, el que haya aportado los datos más reveladores sobre el tema. Para preparar sus experimentos, Wiseman decidió formar un gran grupo de personas dividiéndolos en dos subgrupos, los que decían tener suerte y los que decían no tenerla. En su primer experimento probó con jugadores de lotería, para ver si los que aseguraban tener suerte conseguían algún tipo de resultado especial. Los resultados del experimento fueron los esperados, es decir, que no había mayor probabilidad de que les tocase un premio a aquellos que aseguraban tener suerte. Con ello probaba que matemáticamente la suerte no existe. Tal y como comentábamos antes, no depende de nuestra suerte que un valor suba o baje. Ni siquiera de que nos consideremos o no afortunados.

Ahora bien, en otro de sus experimentos, pedía contar las imágenes que tenía un periódico. El truco estaba en que en la segunda página, en un anuncio a media página (es decir, grandecito) se leía: “Pare usted de leer, en este periódico hay 27 imágenes”. Los resultados del experimento son sencillamente geniales: la gran mayoría de las personas que decían tener suerte tardaban en resolver la pregunta unos segundos. Hasta aquí normal. Sin embargo, la gran mayoría de aquellos que decían tener mala suerte tardaban varios minutos en dar el resultado.

Pero hay más, otro experimento consistía en plantear el siguiente caso: Les hacía imaginar que trabajaban en un banco y un atracador les disparaba en una mano, dejándosela inútil. La pregunta era, ¿creían tener buena o mala suerte? Los que decían tener mala suerte, por supuesto, decían que era malísima suerte perder una mano. Los que decían tener buena suerte en cambio aseguraban que era muy buena suerte no haber perdido la vida.

Es decir, la suerte es una cuestión de actitud. Es cierto lo dicho en la Eneida: “la suerte es para los osados”. Aquellos que están más abiertos a nuevas experiencias y a conocer gente nueva y nuevos lugares, tienen obviamente una mayor probabilidad de estar “en el sitio adecuado en el momento adecuado”.

Cuando entramos en el mundo de las inversiones, lo mejor es no dejar nada a la suerte y dejarlo todo a las matemáticas. Lo anterior no significa no hacer todo lo posible por poner las matemáticas de nuestra parte. Tendremos muchas posibilidades de “tener más suerte” si entramos al mercado con un plan de trading que nos ayude a averiguar el riesgo del mercado, y que ponga puntos claros de salida a nuestra estrategia, tanto cuando es errónea como cuando es acertada: análisis (del riesgo, no del futuro, predecir el futuro es imposible) y money management.

Como hemos comentado muchas veces, el trading es una actividad muy frustrante. Por ello, exige de nosotros una actitud muy positiva. Pero positiva no debe significar falta de realismo, sino basada en hechos y lo más objetiva posible. Todo lo demás es un cuento de la lechera, en un mundo que no admite quedarse parado contando las ganancias del futuro.



Más información:

www.lavueltaalgrafico.com (blog del autor)

Richard Wiseman - Nadie nace con suerte- (2005), Ed. Temas de Hoy. ISBN: 9788484602590

Matteo Motterlini -Trampas mentales- (2010), Ed. Paidos Iberica. ISBN: 9788449323973

Alfonso Álvarez González -Psicología del inversor bursátil- (2001), Ed. Pirámide. ISBN: 9788436816228

Michael M. Pompian -Behavioral Finance and Wealth Management- (2006), Ed. John Wiley & Sons Inc. ISBN: 9780471745174

Redes para la ciencia, programa y revista de Eduard Punset.



    Share:

    0 comentarios:

    Publicar un comentario