La Vuelta al Gráfico está en RANKIA

7/23/2010

Infraestructura para traders

Cuando abordamos el tema de cómo montar la infraestructura adecuada si hemos decidido dar el paso para dedicarnos al trading, podremos encontrar ideas acerca del número de pantallas, del ADSL, elección de broker, etc. Un buen ejemplo lo podemos ver en este artículo de X-Trader.

Sin embargo, no debemos descuidar un aspecto esencial de la preparación de lo que va a ser nuestro centro de trabajo: el emocional.

El Trading es una actividad que puede llegar a ser realmente frustrante y ésto puede influir sobre nuestro humor y nuestro estado de ánimo en general. Todo lo que voy a comentar hoy, nos ayudará a mantener la cabeza fría y alerta, echar a un lado la ansiedad y separar la vida personal de la profesional, algo muy complicado para un autónomo (y eso es lo que son los traders, al fin y al cabo). Evidentemente cada persona es un mundo y algunos encontraréis útiles estos consejos y otros no.



Empecemos por el principio, es importante escoger cuál será la situación de nuestro futuro centro de operaciones (nunca mejor dicho). Como todo en esta vida, dependerá de cada persona, pero lo ideal es que no escojamos que este lugar sea nuestra propia casa, sino un despacho o una pequeña oficina. Esto nos obligará a salir cada día y así, por un lado, no caeremos en el error más común de lo que parece de descuidar nuestro aspecto físico (no andar todo el día en chándal y chanclas) y por otro mantendremos una rutina de trabajo. Además, el camino de ida lo podemos aprovechar para concentrarnos o leer algo y a la vuelta podemos hacer examen de conciencia de los errores que hemos cometido durante el día.
El aspecto físico de una persona (arreglarse) influye muchísimo sobre el estado emocional. No es necesario ir de traje. Para algunos arreglarse es ponerse su chaqueta de cuero y sus pantalones rotos y para otros elegir corbata. Por suerte cada persona es diferente.


Si podemos evitar coger el coche para desplazarnos, mejor. Evitaremos la ansiedad del tráfico, porque aunque nos guste conducir un atasco es insoportable. La opción es el transporte público, a ser posible autobús o tranvía, mejor que el metro. Pero si pudiera ser andando, perfecto. Así, aparte, hacemos ejercicio.

La situación de la oficina no debe ser ni en el centro centrísimo de la ciudad ni en las afueras de las afueras. Es importante que cuando salgamos veamos gente, pero también lo es que no nos agobie. Debe haber zonas verdes cercanas y a ser posible que podamos ver agua desde la ventana (una fuente, un río, el mar...).

Podemos compartir la oficina, pero a no ser que sea una trading room, será mejor que nuestro compañero se dedique a otra cosa. De esta manera no nos influirá su forma de ver el mercado, podremos ampliar nuestros temas de conversación y no nos contagiará ni su pánico ni su euforia en ningún momento. Lo que sí, es muy importante, compartamos o no, es que haya un bar o una cafetería de las de toda la vida cerca. Podremos crear allí centro de recreo donde huir del estrés: no hay pena que no se ahogue en una cervecita (si puede ser Estrella de Galicia, mejor que mejor) o una casera, ni tristeza que no se atranque en un buen pinchito de tortilla.
Ni mercado financiero que no se olvide echando un vistazo al marca.

Y hay pocas felicidades tan sencillas como saludar por su nombre al camarero y pedirle lo de todas las mañanas mientras criticamos al ministro con nuestro compañero.

En cuanto al lugar físico, mejor si tiene una forma regular, esto es, de rectángulo o de cuadrado. Si no pudiera ser, podemos elegir muebles a medida que lo hagan más regular. Los muebles, por cierto, deben ser sencillos pero modernos. Si es posible, mejor madera a metal y en colores no demasiado oscuros. Por otro lado, es muy importante el orden para mantener controlada la ansiedad. Por ello no debemos recargarlo todo demasiado con pósters o con fotos, aunque alguno no venga mal para desengrasar. Tampoco es bueno mantener muchos papeles amontonados sobre la mesa. Lo importante es poder saber dónde podemos encontrar todo, porque en un momento de ansiedad debemos acceder con rapidez a cualquier información.

Una vez elegida la situación y la estructura, debemos preocuparnos por satisfacer completamente a nuestros sentidos.


A la vista, con orden como hemos visto antes y eligiendo en general una decoración suave, en colores no agresivos. Uno de los ideales es el verde, pero nuestro centro de trabajo tampoco debe parecer un hospital. Una opción sería el azul, por ejemplo, que también está asociado a la calma. El azul pálido nos hará evocar lugares amplios y abiertos, los azules oscuros representan salud y fuerza. Si tampoco nos convence el azul, baste saber que en general los colores pastel dan sensación de calidez y tranquilidad. No debemos dejar de lado la combinación de colores, como por ejemplo blanco y azul, etc. Evidentemente depende del gusto de cada uno, pero lo que no es muy sano es pintar, por ejemplo, todo de rojo, puesto que es un color que intranquiliza o de naranja butano, que es un color que distrae la atención sobre él (por eso es un buen subrayador).
El oído sí que depende ya de cada uno. Es importante que las ventanas sean dobles, no solo por no helarnos en invierno ni asarnos en verano, sino para que no entre el sonido de la obra desde la calle. Los que vivimos en Madrid sabemos que esto es un gran problema (como diría mi madre, que bonita va a quedar Madrid cuando se acaben las obras...). Las ventanas deben ser además, grandes, o debe haber muchas o una terraza. El trading es una actividad que requiere de mucha resistencia al fracaso y en la que estamos expuestos a un nivel muy grande de frustración. Está demostrado que la luz que recibimos influye sobre nuestro organismo y ayuda a mantener unos niveles de serotonina adecuados.

Una vez esto cumplido, cada persona decidirá mejor cómo va a concentrarse. Hay para todos los gustos. Yo por ejemplo necesito silencio absoluto y para los momentos de máxima concentración uso tapones (y hasta cascos protectores), pero sé que hay gente que prefiere música (un compañero de universidad estudiaba escuchando Judas Priest, como digo, aquí cada cual). En el caso de elegir música, yo recomiendo bandas sonoras de películas. No porque sea mejor sino sencillamente porque no me digáis que no es graciosa la imagen de encender el ordenador mientras suena la canción de por un puñado de dólares o ver la apertura del mercado con la banda sonora de indiana jones de fondo.

El tacto es más complicado de satisfacer, en general dependerá del teclado de nuestro ordenador y del ratón, que deben funcionar perfectamente (sin retardo, el ordenador es otra fuente de ansiedad).

Para tener contento al olfato, es necesario mantener el local con un buen ambientador. Olores relejantes son, por ejemplo, el del geranio o el de la lavanda. El olor del enebro es muy interesante también para aliviar situaciones de cansancio emocional. Olores que debemos evitar son, por ejemplo, el de la canela o el limón, que son estimulantes.

El gusto lo hemos resuelto con el tema del bar de enfrente, pero también podemos tener siempre a mano un poco de chocolate, por ejemplo, que es antidepresivo. O algún zumo o infusión.

Y el sexto sentido, pues debe estar al mercado.

Por último, es esencial, que añadamos algo de vida al estudio. Como recuerda Albert Figueras en un artículo del último número de la revista redes para la ciencia, existen estudios que señalan que ver árboles y plantas influye positivamente sobre el bienestar y la salud.

Y ya para terminar por hoy, no estaría de más tener algún gimnasio cerca. Mens sana in corpore sano, junto a la liberación de endorfinas, nos ayudará a mantener un estado de felicidad en la vida independiente del trabajo. La vida es preciosa y debemos disfrutarla, impidiendo que cualquier frustración secundaria (como un mal día de operativa) la empañe.

Por cierto y siguiendo con el tema de la infraestructura de nuestra sala de trading, para un próximo artículo, ¿qué os parece algo de feng-sui?

7/20/2010

Formación y Asesoramiento



Según la última encuesta de J.P. Morgan AM sobre confianza del inversor español, sólo un 15,2% respondía que en sus inversiones buscaba ante todo maximizar su rentabilidad. Más del 50% se conformaba con no perder dinero, lo que explica que más del 80% del dinero de los inversores escoja depósitos y cuentas remuneradas frente a tan solo un 7% que está fondos de inversión y un 6% en bolsa.



No voy a entrar ni a valorar estos resultados ni a expresar mi opinión sobre los mismos. Creo que hablan por sí solos de la enorme falta de formación financiera en España.

Últimamente, además, he escuchado en la radio a diferentes directores comerciales de compañías de inversión hablando sobre la necesidad de asesoramiento a los clientes y las quejas del inversor español por la falta tanto de formación como de asesoramiento.

Pero es que lo que yo me pregunto es si de verdad el cliente (y el potencial) quiere formación y, sobre todo, si de verdad quiere asesoramiento.

Por ejemplo, en cuanto a formación, creo que jamás existió una oferta gratuita como la actual: todas las entidades tratan de formar en el producto que venden. Así lo vemos en emisores de ETFs, de Warrants o de CFDs, pero también en las gestoras. Además las entidades no se quedan solo en la explicación de su producto, sino que aprovechan cursos de análisis, de psicología, de mercado, etc para explicar lo que venden.

Y no solo los emisores, también medios de comunicación se han añadido a la moda de organizar cursos, encuentros, eventos... sin ir muy lejos, el mejor ejemplo sería Bolsalia o Borsadíner o desde hace poco los   Trading Room que organiza Estrategias de inversión.

Todo ello sin contar con el enorme mundo que se abrió ante nosotros con la llegada de internet. Si buscas en Google “curso de bolsa gratis” obtienes unos 1.580.000 resultados. No está mal.

Ahora bien, está claro que estos cursos no van a ser para todos los gustos, ni para todos los niveles y que en todos ellos nos intentarán vender algo. Habría que ser muy ingenuo para pensar lo contrario: las entidades no viven de dar cursos gratis. Como decía mi abuelo: no te doy un consejo, te doy una opinión, porque los consejos siempre valen dinero. Y aquel que piense lo contrario es porque no conoce la palabra “consultor”.

Si el inversor estuviera dispuesto a pagar, la oferta de cursos se dispara. Si le quitas el “gratis” a la búsqueda de “curso de bolsa” en google, entonces aparecen aproximadamente 6.000.000 de resultados. Si lo traduces al inglés aparecerán casi 49.000.000 de resultados. Evidentemente muchos de ellos deberían ser gratis (casi te podrían pagar por asistir) pero por ejemplo BME, el IEB y diferentes universidades tienen una oferta formativa completa y de mucha calidad. Eso sí, es cara. Y para algunos, complicada.

A todo lo anterior hay que añadirle los miles de libros sobre temas concretos de mercado que se han editado en los últimos años.

En cuanto al asesoramiento, no creo que exista una sola entidad especializada que no tenga un servicio de asesoramiento. Eso sí, se cobra. Insisto: las opiniones son gratuitas, pero los consejos no. Detrás de un consejo de asesoramiento hay un equipo de gente que ha trabajado horas. Luego acertará o no, pero el trabajo cuesta dinero.

Yo no soy de esos que utilizan el tópico de comparar el trabajo de un asesor financiero con el de un médico, pero lo que está claro es que todas las profesiones son eso, profesiones, y como tales deben estar remuneradas. Mejor o peor. El hecho es que si no le cobran por el asesoramiento, lo harán vía comisiones de intermediación, lo cual es mucho más peligroso.

La verdad es que no creo que los clientes exijan más formación o más asesoramiento. Lo que pasa es que a las entidades les interesa que el cliente esté formado y que el cliente esté bien asesorado. Así será más activo. Y por eso tanto bombo con el tema.

Quizá lo que necesitan los clientes sea asesoramiento sobre la formación, es decir, que alguien les ayude a elegir entre la enorme cantidad de datos y de gente ofreciendo recursos de bolsa. Es fácil caer en brazos de falsos expertos que le aseguran a uno todas las verdades absolutas de la bolsa. Pero es que decir las palabras verdad, absoluta y bolsa en la misma frase o en el mismo párrafo (es más, incluso decirlo en la misma conversación aunque sea en días separados) es una barbaridad tan grande que debería llevarnos a taparnos los oídos o gritar cada vez que hable la persona que lo dice. Pero sigue habiendo “profesionales” que lo hacen. También los hay que nos tratan de convencer con sus novedosos métodos de análisis. Sea cual sea este método, no existe nada (ni técnico, ni fundamental, ni ciclos, ni nada de nada) que prediga el futuro. Así que la única forma de ganar dinero al mercado es con método (control del riesgo, control de las posiciones).

Decía antes que los cursos de bolsa buenos son caros y complicados. Pero eso no le gusta a mucha gente. Es mucho más sencillo que te cuenten una teoría en apariencia complicada pero que la entendería hasta un niño de dos años y te digan que es el gran secreto de la bolsa (últimamente está de moda hacer esto con las ondas de elliott o con el scalping, antes la moda era Gann) y tras el curso uno se siente como el poseedor del secreto del éxito. No es que sea un secreto, es que nadie conoce esas tácticas porque no funcionan. Y el que se las ha enseñado vive de enseñarlas, que es mucho más cómodo, no del mercado.

En cuanto a los potenciales, creo que necesitan formación, pero también creo que no la quieren. O por lo menos no como está planteada. Cada vez que le hablo a mis amigos sobre bolsa me hacen callar. Es normal que pongan un medio de comunicación económico y les duela la cabeza: es que los expertos que participan en ellos y mis amigos no hablan en el mismo idioma.

El idioma, los “expertos”, las técnicas extrañas de análisis... en fin, el circo de la bolsa es lo que le crea un aura de lugar sofisticado donde gente muy engominada, muy trajeada y con mucha pasta se lo juega todo a cara o cruz: o la ruina o forrarse. En fin, lo que al final le gusta a muchos clientes, que prefieren este circo porque así están dentro de este sofisticado mundo de gomina y trajes. Lo de la pasta ya es más complicado.

Son ganas de complicar lo sencillo, pero es lo que hay.

Y mientras lo haya, tan solo un 6% de la inversión de la gente estará destinada a la bolsa salvo cuando suba y suba en otra burbuja, que pasará a ser el 80% y entonces una nueva crisis se lo volverá a llevar todo.

¿Que qué propongo? Pues algo muy sencillo, que se explique a la gente desde todos los ámbitos que esto no es física cuántica, que es inversión y es sencillo de entender (y como todo, complicado de dominar). Que la gente prefiera optimizar su inversión a no perder dinero. Que se le quite ese aura mística a los mercados financieros. Que la bolsa sirva para lo que tiene que servir: canalizar el ahorro hacia nuevas inversiones.

Porque como digo muchas veces, las cosas tienen su sentido. En economía, un sentido económico. Y cuando las cosas pierden su sentido (en economía cuando pierden su sentido económico) entonces, se convierten en “sinsentidos”. (En economía, se convierten en burbujas).

7/16/2010

Duros a cuatro pesetas

Después de una cena en casa con unos amigos y estando ya después del postre, disfrutando de unas copas, uno de ellos propone un juego que consiste en lo siguiente:

Se va a subastar un euro. Se pujará por múltiplos de 1 céntimo y, por supuesto, el que ofrezca el valor más alto, se lleva el euro. Pero en este juego, además, el segundo que puje más alto también debe pagar lo que ha ofrecido pero sin obtener nada a cambio.
Como el juego nos hace gracia, decidimos participar.

Empezamos ofreciendo 20 céntimos por el euro. Nuestro amigo (ahora enemigo de pujas) ofrece rápidamente 21 céntimos. Nosotros ofrecemos 22, al fin y al cabo, tendríamos que pagar 20 céntimos al rematante sin llevarnos nada. Pero claro, evidentemente por el mismo razonamiento nuestro ene-amigo ofrece 23.

El primer punto crítico llega cuando resulta que nuestro amigo ofrece 50 céntimos. Nuestra puja debe ser 51 por lo que ya, hagamos lo que hagamos, nuestro otro amigo, el organizador de la puja, ya ha ganado (como pagamos tanto el primero como el segundo, si pujamos habrá ganado como mínimo 1 euro y un céntimo). Pero claro, nos sigue pareciendo barato un euro por 51 céntimos (y caro perder 50 céntimos por nada) así que continuamos la puja que se desarrolla sin novedades hasta que tras nuestra puja por 99 céntimos, nuestro amigo-enemigo ofrece un euro (empatando así la apuesta: comprará un euro por un euro) y nos sonríe. Jaque, piensa. Sin embargo nosotros preferimos perder 1 céntimo ofreciendo un euro y un céntimo, antes que perder 99 céntimos, por lo que nos compensa pujar más. Así que subimos y ofrecemos ese euro con un céntimo...

Pero claro, nuestro enemigo de pujas hace exactamente el mismo razonamiento y prefiere perder dos céntimos a perder un euro y céntimo. La puja termina un rato más tarde, cuando se nos acaba el dinero que llevábamos suelto y no ofrecemos más. El ganador ha pagado la friolera de 3 euros por un euro...

Este divertido juego, ideado por Martin Shubik en 1971, se llama “la subasta de un dólar”. Lo hicimos en vivo y en directo en clase de matemáticas cuando iba al instituto y fue necesario que nos parase el profesor cuando íbamos por 600 pesetas (en aquel entonces no había euros y estábamos subastando 20 durillos). El juego destapa la llamada “trampa de la escalada” que tiene interesantes aplicaciones prácticas. M. Motterlini señala como uno de los ejemplos trágicos de esta trampa la guerra de Vietnam, donde EEUU se vio en la necesidad de elegir entre perder aún más vidas humanas o aceptar la humillación de haber perdido una guerra (eligiendo la opción que ya conocemos hasta que “se le acabó el suelto” y demostrando, como dice R. Schank, que es falsa la célebre frase de Santayana de que aquellos que no conocen la historia están condenados a repetirla).

Si nos fijamos, al principio entramos en el juego para sacar un duro por cuatro pesetas (vamos, para ganar). Sin embargo poco después la “escalada” está fuertemente influida por factores completamente irracionales y de fuerte carga emotiva: minimizar nuestras pérdidas, quedar mejor que nuestro enemigo de pujas... Igual que ocurre a los traders en los mercados financieros: Nuestra idea principal es salir a ganar dinero, pero ¿cuántas veces estamos en el mercado pensando sencillamente que con recuperar lo perdido nos vale?, ¿cuántas veces hemos insultado al “maldito mercado” por no darnos la razón?
En ningún sitio nos van a dar duros por cuatro pesetas, eso lo podemos tener seguro. Pero los mercados financieros al final son aquel lugar donde los duros, al final, nos los intentarán vender por 8 y nos los suelen vender por 6.

En otro experimento, llevado a cabo por H. Arkes y C. Blumer, se pedía a los participantes imaginar que eran los presidentes de una compañía que tiene un presupuesto de 10 millones de euros para el proyecto de construir un avión militar supermoderno. Cuando está completado el 90% del proyecto, nos enteramos de que nuestra competencia ya ha sacado a la venta un avión similar al nuestro, pero con muchas mejoras, es más rápido y además más barato.
La pregunta es: ¿invertimos el 10% restante para acabar el proyecto o lo abandonamos?
Cerca del 85% de las personas objeto del experimento respondió que efectivamente como presidentes decidiríamos terminar el proyecto.
Cuando el escenario se plantea de diferente modo, sin embargo, cambia la respuesta de la gente. Cuando la pregunta es ¿invertiría 1 millón de euros en un producto que es peor y más caro que el de su competencia? Son muy pocos los que responden positivamente (cerca del 17%).

En la operativa en bolsa, especialmente si somos activos, tenemos que tener más que claro que muchas veces nos veremos obligados a aceptar una pérdida, antes de entrar en una espiral de escalada que pueda llevarnos a la ruina. Pensamientos como “he invertido mucho en este valor (dinero, tiempo, estudios, esfuerzo, etc) como para dejarlo ahora” suelen terminar muy mal en los mercados financieros. Especialmente porque acelera y saca a relucir una de las caretas de nuestro yo que no sabemos vestir: la emocional.

La trampa de la escalada (escalation bias) lo que trata de enseñarnos es que estaríamos dispuestos a invertir más dinero en una inversión incorrecta de la que nos sintieramos responsables, de lo que estaríamos dispuestos a hacerlo en otra inversión que podría ser correcta. La consecuencia más normal de este error la solemos encontrar en los que "promedian a la baja". Promediar a la baja significa comprar más titulos de una acción que tenemos en cartera para así rebajar el precio medio. Esta táctica, que con un análisis preciso y sobretodo una gestión de capital correcta, podría ser adecuada en algunos casos, normalmente se convierte en una trampa que deriva a la larga en grandes pérdidas. Es por ello que suele ser estudiada como un error del inversor.

Muchas veces he escuchado, incluso a "famosos" analistas, que solo debe promediar a la baja el inversor y el especulador, sin embargo, debe cubrirse con stops. Mi respuesta es sencilla: no son estrategias contradictorias. De acuerdo a mi experiencia (y también a la experiencia que he heredado) solo debe promediar a la baja el que sabe, con un control férreo de su capital y sabiendo dónde se mete y que puede ser presa de la trampa de la escalada. Es decir, muy poca gente. Más vale perder 100 que perder 1000, y cuando promediamos reducimos el precio de la compra, pero también aumentamos el riesgo. Con una gestión correcta de riesgo y de capital, esta estrategia puede ser ganadora.

Pero como más del 90% de los inversores (y especuladores) no tienen gestión ni de riesgo, ni de capital, es imposible que ningún experto se la recomiende.

7/09/2010

El pulpo Paul y la lógica espuria.

Un amigo nuestro se nos acerca y nos dice –he lanzado cuatro monedas no trucadas y tengo en esta hoja apuntados varios resultados, pero solo uno es el verdadero.- después nos mira fijamente y continúa -Me apuesto contigo una cena a que no lo adivinas.
Nosotros aceptamos el juego. Entonces nos empieza a mostrar resultados.

El primero es ++++. No nos convence, no parece muy casual que salgan cuatro cruces seguidas. Pedimos el siguiente. Es cccc. Por la misma razón lo desechamos. El siguiente es ++cc, que tampoco parece muy casual, así como su gemelo cc++. Se ordenan de manera demasiado correcta. Las siguientes secuencias que nos presenta nuestro amigo c++c, +cc+ y c+c+, +c+c son también muy regulares. En las dos primeras demasiada simetría. En las dos segundas demasiado orden. Nuestro amigo sonríe. Nos propone +ccc, luego c+++, +++c y ccc+. Pero seguimos viendo orden. Primero una cara o una cruz suelta y luego tres repetidas ¡nuestro amigo nos quiere hacer el lío! Pero no caeremos en su trampa. No parecen resultados casuales. Nuestro amigo sin perder la sonrisa nos presenta c+cc,cc+c,+c++,++c+. Estamos un poco preocupados. Pensándolo bien, incluso estas secuencias tienen un orden: o solo hay una cara o solo una cruz, no parece casual... es raro. No nos decidimos. En este momento nuestro amigo se encoge de hombros y ríe. Ha ganado la apuesta: nos ha presentado todos los resultados posibles del lanzamiento de cuatro monedas.

Con este sencillo experimento, inteligentemente ideado por Matteo Motterlini en su excelente libro “trampas mentales”, podemos explicar con facilidad una de las trampas más peligrosas (por común) en la que solemos caer: la búsqueda de orden.

Lincoln fue elegido presidente de EEUU en 1860, su asesino nació en 1839 y su sucesor en la presidencia se llamaba Johnson. Kennedy fue elegido en 1960. Su asesino nació en 1939 y su sucesor en la presidencia también se llamaba Johnson. El Johnson de Lincoln nació en 1809. El de Kennedy en 1908. Hace poco leí en el periódico 20 minutos que en 1975, en Bermudas, un hombre murió atropellado por un taxi cuando iba en la moto. Exactamente un año después, su hermano murió también atropellado conduciendo la misma moto, en la misma calle y por el mismo taxista, que además llevaba el mismo pasajero del accidente anterior.

¿Existe una secuencia numérica en algún libro sagrado que nos diga el sentido de la vida, el universo y todo lo demás (aunque los que hayamos leído la guía del autoestopista galáctico sabemos que la respuesta a esa pregunta es 42)? La verdad es que no creo que exista, pero estoy seguro de que si nos ponemos a buscarla la podríamos encontrar en la Biblia, en el Mahabharata o en un libro de cocina de Karlos Arguiñano.

El ser humano está abrumado por la enorme cantidad de datos que recibe continuamente y necesita buscar un orden en ellos. Porque el orden es sencillo, nos hace gastar menos recursos, es menos costoso. El orden es simple. Sin embargo, por su culpa tenemos una fuerte tendencia a caer en lecturas “místicas” de la realidad: como muestra tenemos la enorme cantidad de teorías de ciclos aplicadas a los mercados: el ciclo de benner, los ciclos lunares de Wilder y el más conocido de todos: la teoría de elliott. Todos ellos funcionan misteriosamente bien... a posteriori.

Como he comentado otras veces, al ser humano le abruma la aleatoriedad del mundo en el que vive. Por suerte tenemos mecanismos de automatización y emociones que nos ayudan a no tener que estar parados eternamente, calculando cada una de las probabilidades que tenemos en cada opción que tomamos.

Esta trampa del orden está muy relacionada con otra muy interesante (por lo usada): la trampa de la correlación. Veámosla con algunos ejemplos.

Todos sabemos que existe una correlación entre fumar y el cáncer de pulmón, pero ¿sabíais que existe también una fuerte correlación entre los grandes consumidores de café y el cáncer de pulmón?

¿Puede el pulpo Paul ver el futuro o de verdad que escoja una u otra caja de mejillones influye en algo en los partidos de fútbol? Si hacemos un estudio encontraremos una fuerte correlación entre lo que diga el pulpo y lo que luego ocurre en el campo, por lo que si nos quedamos en el dato podemos afirmar que así es.

Lo que ocurre es que correlación no significa, de ninguna manera, causalidad. Puede haber relación de causa efecto y correlación o no. Una alta correlación sin causalidad puede deberse a la intervención de una tercera variable en la que no habíamos caído: por ejemplo en el caso del café y el cáncer de pulmón el hecho de que muchos grandes fumadores son también grandes consumidores de café. También puede deberse al efecto de pequeños números. Cuando el pulpo Paul haya analizado un millón de partidos, si no lo cocinan antes a la mugardesa, lo normal será que acierte el resultado de un 50% de ellos (y si no es así desde luego que me sorprendería).

En este sentido puede ser útil el llamado coeficiente de determinación (o r2) que trata de explicar que cantidad de la cifra de correlación se puede explicar como relación de causalidad.

Es importante también no sacar conclusiones precipitadas, del tipo de que como los consumidores de heroína normalmente han consumido antes marihuana, la mayoría de consumidores de marihuana terminarán en la heroína.

Lo más preocupante al final de todo este asunto es que al igual que nos creamos correlaciones falsas y planteamos nuestra vida en base a ellas (del estilo de “cuando llevo mis calzoncillos de la suerte ligo”, o la historia del pavo inductista de B. Russell) después no hacemos caso de las correlaciones que de verdad existen. No voy a poner como ejemplo el tabaco (seguimos fumando aunque sabemos que moriremos por ello) porque al fin y al cabo es una droga y tiene una psicología diferente, pero sí podemos poner como ejemplo los que lanzan el cigarrillo por la autovía (conociendo el alto riesgo de incendio) o lo que hablan por el móvil en el coche (sabiendo que existe un alto riesgo de accidente) o los motoristas sin casco...

En los mercados ocurre lo mismo. Buscamos correlaciones imposibles, fundamentadas en datos ordenados de forma equivocada pero después ignoramos signos claros de entrada y de salida en el mercado o avisos claros de cambio de tendencia. Por poner algunos ejemplos de indicadores con alta correlación con el mercado: el índice VIX, el ratio put-call y otros indicadores de sentimiento, últimamente el diferencial de la deuda con Alemania, etc. De todas maneras aquí entra en juego otra trampa mental, de la que ya hemos hablado alguna vez: todos somos mejores que la media.