El otro día mientras veía uno de
esos debates entre las fuerzas políticas
que afortunadamente ya son más de
dos en nuestro país, un integrante
de la vieja guardia, dígase PP o PSOE, reivindicaba
que las nuevas fuerzas emergentes no tenían ninguna experiencia en gestionar
ni el presupuesto de su comunidad de vecinos. La respuesta de uno de los miembros del partido aspirante no pudo
ser más acertada a mí entender y fue algo así:
“Tengo la experiencia de verdad, la de intentar levantar la trapa de mi
negocio cada día mientras un político como tú toma decisiones desde un despacho
sin preocuparse por el día a día de la gente que mantiene en pie este país,”.
Quizás algunos me tachen de populista, ventajista, pero desde mi humilde
opinión, necesitamos gente que sepa el verdadero esfuerzo que hacen las
familias para salir adelante.
Esa respuesta me ha llegado al
alma y es que hoy día, el crecimiento
económico es la preocupación
predominante de nuestros tiempos, casi
todos nuestros problemas dependen de restablecer un robusto crecimiento.
A lo largo de la historia, el crecimiento ha dependido de de una
fuente: la productividad, el
valor de bienes y servicios que cada trabajador puede producir por una unidad
de tiempo. A su vez, la productividad se
incrementa con la creación de nuevas compañías que desplazan a las antiguas
y por tanto los beneficios de sus propietarios, generando ingresos sólidos para que sus dirigentes y trabajadores
generen la tan ansiada prosperidad.