Se
nota la encolerizada lucha por ocupar el sillón de la casa blanca y como es
costumbre en política, cada cual ofrece su sesgo sobre la situación de los
acontecimientos. El debate sobre el comercio y su impacto para los trabajadores
está siendo distorsionado en ambos extremos del espectro político americano.
Desde los ataques contra China por parte de la derecha hasta la reacción frente
al Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP, por su sigla
en inglés) de la izquierda, los políticos de ambos partidos han calificado
incorrectamente al comercio exterior como la mayor amenaza económica para el
país.
En 2015 Estados Unidos mantenía déficit
comercial con 101 países: un déficit comercial multilateral en la jerga
económica. Pero no se puede atribuir esto a uno o dos malos actores, como
invariablemente hacen los políticos. Es verdad, China, el chivo expiatorio
favorito de todos, representa la mayor parte de este desequilibrio. Pero los
déficit combinados de los otros 100 países son aún mayores.
Lo que los candidatos no dicen al pueblo estadounidense sobre el déficit comercial es que las presiones que genera sobre los trabajadores de clase media en apuros derivan de problemas locales. De hecho, el verdadero motivo por el cual EE. UU. tiene un déficit comercial multilateral tan gigantesco es que los estadounidenses no ahorran.
La suma del ahorro de las familias, las empresas y el gobierno representó solo el 2,6 % del ingreso nacional en el cuarto trimestre de 2015. Esto significa una caída interanual de 0,6 puntos porcentuales y es menos de la mitad del promedio del 6,3 % que prevaleció durante las últimas tres décadas del siglo XX.
Cualquier curso básico de economía destaca
una identidad contable ineludible: el ahorro debe ser igual a la inversión en
cada momento del tiempo. Sin ahorros, invertir para el futuro es imposible.
Sin embargo, en esa situación se encuentra
actualmente Estados Unidos. De hecho, los datos sobre el ahorro citados son netos
de depreciaciones, eso significa que miden el ahorro disponible para financiar
nueva capacidad, no para reemplazar las instalaciones que se desgastaron.
Desafortunadamente, eso es exactamente lo que le falta a Estados Unidos.
¿Por qué es esto relevante para el debate
sobre la cuestión comercial? Para seguir creciendo, EE. UU. debe importar
ahorros excedentes desde el extranjero. Como la mayor potencia económica del
mundo y emisor de lo que básicamente constituye la moneda de reserva mundial,
Estados Unidos no ha tenido problemas para atraer el capital extranjero que necesita
para compensar su déficit de ahorro interno.
Pero en todo esto anida una cuestión
fundamental: para importar ahorros del extranjero, EE. UU. debe incurrir
en un enorme déficit internacional en su balanza de pagos. La imagen de la
falta de ahorro en EE. UU. es su déficit en la cuenta corriente, cuyo
promedio ha sido del 2,6 % del PIB desde 1980.
Esta brecha crónica en la cuenta corriente
es la que impulsa el déficit comercial multilateral con 101 países. Para
endeudarse en el extranjero, EE. UU. debe dar a sus socios comerciales
algo a cambio de su capital: la demanda estadounidense de productos fabricados
en el extranjero.
Ahí reside la trampa de la politización de
los problemas comerciales estadounidenses. Cerrar el comercio con China, como
haría Súper Trump con su arancel propuesto del 45 % para los productos
chinos que se vendan en EE. UU. tendría consecuencias negativas. Si no se
soluciona el problema del ahorro, la porción china del desequilibrio comercial
multilateral estadounidense simplemente se redistribuiría hacia otros países,
cuyos costos de producción probablemente sean mayores.
Las tasas de remuneración al trabajo chino
continúan estando muy por debajo de la mitad de las que prevalecen en el resto
de los diez mayores proveedores externos. Si esos países ocuparan el vacío que
crearía una penalización a China como la propuesta por Trump, los productores
con mayores costos indudablemente cobrarían más que China por los productos
vendidos en EE. UU. El aumento resultante en los precios de las
importaciones implicaría una subida real de impuestos sobre la clase media
estadounidense. Eso resalta que es inútil buscar una solución bilateral a un
problema multilateral.
El mismo resultado perverso podría
esperarse de las insensatas políticas fiscales propuestas por otros políticos.
Consideremos, por ejemplo, el despilfarro del gobierno federal por 14.500
millones en 10 años propuesto por el candidato presidencial demócrata Bernie
Sanders: un programa que fue considerado carente de cualquier asomo de integridad
fiscal por asesores económicos líderes del propio partido a través del cual
busca nominarse. Básicamente, lo que está defendiendo nuestra querida izquierda
en España.
Los déficits presupuestarios
gubernamentales han representado desde hace mucho tiempo la mayor parte del
aparentemente crónico déficit de ahorro estadounidense. Si a eso se suman los
déficits de las medidas del señor Sanders, o los de cualquier otro político, se
deprimiría aún más el ahorro nacional, exacerbando por lo tanto el
desequilibrio comercial multilateral que presiona tan fuertemente a las
familias de clase media.
Considerados desde la misma perspectiva,
los grandes acuerdos comerciales, como el TPP, también incidirían fuertemente
sobre las presiones que exprimen a los trabajadores estadounidenses. El TPP
redireccionaría el comercio desde países que no son parte del acuerdo hacia
otros que sí lo son. Como China no forma parte del TPP, el resultado sería el
mismo fenómeno que mencionamos antes: las familias estadounidenses de clase
media sufrirían la carga que implica redireccionar el comercio desde
productores de bajo costo que no pertenecen al TPP,como China, hacia
productores más caros que han firmado el TPP como Japón, Canadá y Australia.
En pocas palabras, atentar contra el
comercio implica enfatizar las promesas vacías que los políticos de ambos
partidos han hecho durante tanto tiempo a los votantes estadounidenses. El
ahorro es la semilla del crecimiento económico: la forma de impulsar la
competitividad estadounidense a través de la inversión en personas,
infraestructura, tecnología y nueva capacidad productiva. El gobierno
estadounidense, con décadas de gastos deficitarios y la promoción de políticas
que alientan a los hogares a consumir en vez de ahorrar, ha obligado al país a
depender del ahorro extranjero durante demasiado tiempo. Esto socavó la
competitividad estadounidense y castigó a los trabajadores con las pérdidas de
empleos y la compresión de los salarios que inevitablemente son consecuencia de
los déficits comerciales.
Los 101 déficits de EE. UU. no
existen en el vacío. Son el síntoma de un problema mayor: una economía que
vivió más allá de sus medios durante décadas. Ahorrar no es más que un medio
para un fin: en este caso, el sustento de una clase media segura y próspera.
Sin ahorro, el sueño americano corre el riesgo de convertirse en una pesadilla.
El debate sobre la cuestión comercial en la actual campaña presidencial
intensifica ese riesgo.
Javier Flórez
@FlórezJav
Javier Flórez
@FlórezJav